… porque igual se te concede, y más pronto de lo que crees.

Vengo a contarles que hoy es mi cumpleaños por tres razones muy simples: primero, que me apetece; segundo, que gracias a que los tengo muy lejos no tengo que invitarles nada que no sea un café virtual (¡qué costumbre española tan poco económica… en México en tu cumpleaños el invitado eres tú!) ; y tercero, que a algún sitio tenía que venir a fardar.

Los cumples son una ocasión estupenda para gastar dinero a lo tonto en regalos “para quedar bien” que cuestan dinero pero que no valen nada: perfumes caros que se quedan en los estantes porque no son los que le gustan a la persona festejada, cachivaches electrónicos escogidos por su número de botones y no por su utilidad, joyería que deslumbra por su precio pero que no ha sido elegida con el corazón. Regalos como esos hemos dado y recibido todos alguna vez en la vida (yo casi siempre he recibido, porque para dar regalos soy más bien cutrecilla de nacimiento, jajajaja).

Podemos gastarnos poco, y podemos gastarnos mucho, y hacer el mejor o el peor regalo de nuestra vida, porque todo depende de la ilusión con que el festejado lo reciba. Y si tiene que medirse el valor de un regalo por la felicidad que despierta en quien lo recibe, mi marido el día de hoy me acaba de dar el regalo perfecto:

¿A que lo tengo bien enseñado? Útil, bueno y delicioso (¡y oportuno!) ¿qué más se puede pedir?

Así que, señores de 20 Minutos, ya no hace falta que manden el jamón. Con los 3000 euros basta.

PD. Mi amor, desde hoy estás nominado a los premios “Látigo de Oro” que no sé cuando exactamente, pero que ya convocaré algún día (cuando tenga patrocinadores, supongo).

PD2: Vuelvo al título de esta entrada. Tengan cuidado con lo que piden, que los hombres se lo toman todo al pie de la letra (¡menos mal que no pedí un lote de productos Hacendado!)

Con el permiso de todos ustedes me he apuntado al Concurso de Blogs del Diario 20 minutos. A ustedes no tengo que convencerlos de que me gustaría ganar el premio por razones artísticas, porque es el sueño de mi vida, porque representaría la consolidación de mi carrera como escritora. Ustedes ya saben que lo hago por la pasta (que son 3000 euros, se dice pronto…)

Las posibilidades de ganarlo son casi nulas: ya hay más de 3000 blogs inscritos, muchísimos de ellos con más calidad, antigüedad y lectores que éste. Pero bueno, sacarse el Euromillón también es casi imposible, y hay que pagar dos euros por el boleto… y aquí no me cobran nada. Así que allá vamos, chance y pega…  (un día voy a tener que incluir en la página un diccionario de mexicanismos).

Por cierto, mi blog está inscrito en la categoría de Latinoamericanos. Aquí está:

Domadores del Euro

Premios 20Blogs

La pena es que ninguno de ustedes puede votar por mí, salvo si ya tienen un blog y lo inscriben en el concurso también. Me hubiera gustado apuntarlo en el concurso del diario ADN (en el que sí votan lectores), pero llegué tarde por 12 días. Otra vez será (porque tampoco cobran y hay que aprovechar).

Y si no son los 3000, por lo menos me podrían dar un kilo de jamón o de mortadela, como le pasó a mi hermana en un concurso de pequeños talentos musicales organizado por un supermercado mexicano. No se convirtió en la María Isabel regiomontana -aunque sí en cantante profesional-, pero esa noche a la hora de la cena fuimos más felices que de costumbre…

Vamos a ponernos serios aunque sea una vez al mes (cosa que por otra parte no es difícil si todavía no llega el fin de mes). Hace ya algún tiempo que dejé por aquí una encuesta de gasto familiar en la que hacía algunas recomendaciones para ahorrar. Bien, llegó el momento de sacar conclusiones a partir de nuestros tickets (que bastante esfuerzo nos ha costado juntarlos, ¿a que sí?) A continuación, 10 preguntas que hacen balance de nuestros resultados y que pueden ayudarnos a moderar el gasto y a atacar esos puntos débiles que se están merendando nuestro presupuesto…
1. ¿Has seguido el registro de los gastos con exactitud? ¿Durante cuánto tiempo? Sí, durante un mes.
2. ¿Has detectado tus “agujeros negros” por donde se colaba gran parte de tu dinero? Sí. Eran la cocacola (que gastaba entre 40 y 60 euros al mes), las meriendas fuera de casa (a veces hasta 3 euros diarios, un pastón), y la acumulación de alimentos “por si acaso” (terminaba tirando comida que se estropeaba por no utilizarla a tiempo).
3. ¿Has encontrado la manera de “tapar” esos agujeros? Sí. He reducido el consumo de cocacola muchísimo, quizás sólo 2 o 3 por semana, y a demás, del Dia, que cuestan 17 céntimos la lata en lugar de 45; he dejado de comprar cosas en los hornos (empanadas, bollos) y me los hago yo (más baratos y más ricos); voy a comprar con una lista y no tiro casi nada, voy reciclando todo lo que queda.
4. ¿Cuál es el cambio más significativo que has hecho para ahorrar? Dejar de comprarlo todo en el Mercadona. Voy primero al Día y ahí cojo todo lo que puedo, y el resto en Mercadona. Se nota un montón. Y me he vuelto más ecológica, porque como me cobran las bolsas… pues las llevo de mi casa.
5. ¿Cuál ha sido el cambio que más te ha costado? El de resistirme a llevarme cosas “para tener en casa”, el ceñirme a una lista y sentirme un poco/bastante pobre por no poder comprar todo lo que quiero.
6. ¿Cuál ha sido el cambio que menos te ha costado? El de cambiar a otros productos, más baratos (de hecho, casi me gustan más los lácteos del Dia).
7. ¿Cuál ha sido el descubrimiento económico del mes? El textil del Día. Le he comprado unos chándals a la mayor muy baratos, y de momento muy bien. Además, todo lo que se puede hacer con un pollo. Ah, y que a veces menos es más. Que menos cantidad de producto a un precio más alto puede resultar más económico que un gran paquete de un producto que al final no voy a consumir. Por ejemplo… si ya sé que no me acabo un paquete grande zanahorias que me cuesta 1 euro, pero hay unas zanahorias que cuestan 75 céntimos aunque sean muchas menos… pues no estoy perdiendo dinero, sino ganando 25 céntimos y no generando más basura.
8. ¿Cuál ha sido el descubrimiento “filosófico” del mes? Que se puede vivir con muchísimo menos. Que se puede ir ajustando poco a poco el presupuesto a nuestra necesidad… que no se necesita perder demasiado confort para ahorrar, a veces pequeños cambios hacen un gran cambio… y que es bueno tener este descubrimiento porque los tiempos están muy chungos y a lo mejor necesitaremos apretarnos el cinturón todavía más…
9. ¿Cómo has ahorrado en casa? Ahora sí apago el calentador del agua entre uso y uso. Intento apagar luces que no estoy utilizando en ese momento. Ah, y estoy dejando de ser demasiado generosa con los productos de limpieza… un tapón de detergente y nada más, el del lavavajillas lo mismo, sin pasarme, la ropa que se pueda “reciclar” (que no esté demasiado sucia) se vuelve a poner.
10.¿Cuánto llevas ahorrado en monedas de 2 euros? 10 euros

Venga, anímense a contestar. Zapatero, Rajoy y hasta Luis Aragonés se han atrevido, y estoy segura de que aquí por lo menos sí nos acordamos de cuánto cuesta un cortado, aunque hace rato que hayamos renunciado a él para ahorrarnos un dinerito…

Todos los días nos llegan noticias en la tele y en la radio sobre los efectos de la crisis económica en la vida de los españoles. A unos los deshaucian de su hogar por impago, a otros los persigue el Cobrador del Frac, otros más han renunciado a vacaciones y proyectos largamente acariciados, en fin, malas noticias por donde quiera que se les vea. Evidentemente, hay muchas personas que lo está pasando muy, muy mal. Gente a la que no le vale con cambiarse a las marcas blancas o con renunciar a los caprichos, porque ya hace rato que su único capricho era comer y tener un techo, y ahora ya no le da ni para eso. Y no me siento capaz de hacer ninguna broma al respecto.

La gran mayoría, por contra, estamos “sólo” bastante fastidiados. Bastante hartos de haber tenido que renunciar al cafetito de la mañana, a tener que apañarnos los horarios para aprovechar un solo coche, a no poder comprarnos lo que queremos y cuando lo queremos… en conclusión, a no poder llevar la vida que teníamos antes.Y es que, amigos míos, los últimos 10 años en este país se había vivido como si no existiera el mañana (ni hubiera que pagar las facturas a fin de mes).

Que conste que hablo en general, eh, que nadie se me enoje, que en estos años mucha gente -yo la primera- no ha nadado precisamente en la abundancia, pero como los pisos se vendían como churros, todos nos podíamos ir de vacaciones al Caribe, una televisión de plasma enorme era una necesidad y los coches te los daban con chorrocientas mensualidades de 99 euros, pues, hombre, no se puede negar que había un ambiente de fiesta constante en el país. Pero ahora que nos hemos acabado los canapés y la bebida y los músicos se marcharon se acabó la fiesta. Y ahora andamos arrastrándonos por las esquinas dando pena…

¡Pero qué poco aguantan! ¿Por qué no seguimos la fiesta en la calle? Vale que ya no hay camaremos con bandejas, pero nos apañaremos con bocatas. ¡Enarbolaré mi bandera del Día del Orgullo Pobre! ¡Cantaré “A quién le importa” con el pelo teñido de naranja (con tinte Deliplus)! ¡Invitaré a Solbes a ir en la carroza principal del desfile vestido de euro gigante, mientras todos nos turnamos para irle dando con el látigo!

No, no se me ha ido la pinza (más de lo normal), pero es que todos los días me hago una pregunta: ¿Soy la única que piensa que esta crisis es una oportunidad de cambiar la manera en que vivimos… cambiar para mejor, por supuesto?


En México -o por lo menos en mi familia- vivimos en una crisis continua desde que tengo memoria. Mi niñez estuvo llena de ropa hecha en casa, de comida normalita, sin mucha carne y sin extravagancias, de cuartos compartidos. Hoy me parece simplemente que tuve ropa “de diseño” (ninguna amiga mía llevaba lo que yo), de comida sana y casera, de muchas horas de diversión compartiendo habitación con mis hermanos. Y aunque les cueste trabajo creerlo, una de mis más hondas preocupaciones con respecto a la educación de mis hijas ha girado desde el principio en torno al tema de cómo le iba a hacer yo para que ellas, que han nacido en un país de primer mundo, se dieran cuenta de que la mayoría de las cosas que piden -y que obtienen- son superfluas, que se puede vivir perfectamente sin ellas… inclusive, mejor que con ellas.

Yo siempre he creído que tener mucho dinero tiene más inconvenientes que ventajas (aunque mi marido dice que a él no le importaría padecerlos). Hombre, todo mundo quiere tener suficiente para vivir, para darse un caprichito de vez en cuando, pero tener MUCHO dinero tiene que ser una lata: tus parientes y amigos te piden prestado todo el tiempo; todo mundo asume que a ti te toca pagar siempre la mayor parte de las facturas; te cortas a la hora de coger un producto de marca blanca en el súper, aunque te guste; te vienen los del Hola a hacer un reportaje de tu mansión y tú con estos pelos; tus hijos se creen que eres un cajero automático (bueno, aunque esto sucede aunque no tengas mucho dinero…) Pero el mayor problema, a mi juicio, es que tener mucho dinero mata la creatividad, y nos priva de un montón de experiencias fantásticas que los pobres “profesionales” disfrutamos cotidianamente…

¿No me creen? Pues aquí les presento mi versión del anuncio de Cofidis, ésa de “Ésta soy yo con 3000 euros más”…

UNO: Los regalos

Con dinero: La Navidad que me enteré que estaba embarazada por segunda vez le compramos a nuestra hija mayor absolutamente TOOODO lo que pidió y lo que no pidió también. Teníamos dinero, nos comía la culpa, las ganas de “compensarla” por todo lo que iba a perder, así que no escatimamos en gastos. Dinero tirado a la basura, porque la mayor parte de esos juguetes están cogiendo polvo por ahí… e inclusive creo que todavía hay alguno precintado. 

Sin dinero: este año tocan juegos de mesa hechos a mano (un juego de memoria con países y capitales, por ejemplo, es facilísimo de hacer, y por increíble que parezca, a mi hija la super-enganchada-a-la-consola le pirra, de verdad), cartas y poesías para decirle todo lo que la queremos
y bonos de “hora exclusiva” con mamá o papá, para que los use cuando ella quiera. Y juguetes comprados, los mínimos (y si los pueden pagar los abuelos, mejor, jejeje).

DOS: El ocio

Con dinero:

A. Una salida al cine. La entrada de fin de semana cuesta 6,70 euros por persona. El combo de palomitas con refresco, 6,50. A mitad de la función la niña quiere ir al baño, se me derrama la Coca-Cola, la peque llora. Vamos, una experiencia “de cine”.

B. Una visita al parque temático de nuestra preferencia. Muchooos euros en comida, gasolina y entradas. Una isolación de narices.

Sin dinero:

A. El cine se ha vuelto un artículo de lujo. Mi presupuesto no da para entradas y palomitas, sin embargo, no quiero privar a mis hijas de esta diversión. ¿Solución? Voy por unas películas a la biblioteca (costo: 0 euros) e invitamos a venir a dos o tres amiguitas de la mayor. Les hago un bol enorme de palomitas (con menos sal y menos grasas que el de los cines) y cerramos las cortinas. ¡Éxito total!, tanto, que todo mundo quiere repetir y a mi hija ya no le interesa el cine (y a sus amiguitas tampoco). Al final, eso sí, me toca limpiar el salón…

B. Una visita en metro/autobús o a pie para conocer nuestra ciudad. Repaso de agenda de actividades para ver qué es lo que dan gratis. Bocadillos y picnic en algún parque. Gasto reducido, y encima, a mi hija mayor le parece la aventura de su vida…

TRES: Las fechas especiales

Con dinero: El Día del Padre= una corbata/unos calcetines.

Sin dinero: Se llega el Día del Padre y no tengo presupuesto disponible para regalos. Mi hija mayor le hace un dibujo a papá y yo… bueno, yo hago esto: Mi marido está absolutamente encantado. Se lo muestra a todo mundo. Coste total del regalo: 1,20 (la descarga del móvil).

CUATRO: La comida

Con dinero: Restaurantes, precocinados, bollería industrial, bebidas con cafeína, chuches, comida rápida…  ¿Por qué? Porque tengo para pagarlo. Vamos, que con dinero en el bolsillo tendría obesidad mórbida, porque soy muy tragona.

Sin dinero: Comiditas hechas en casa, sencillas, muchos pucheros. Un poco de gorroneo con la suegra (se estrechan lazos familiares). Cursillo acelerado de cocina para aprovechar sobras. Mis antojos están a raya y mi peso… bien, ¿y usted qué tal?

CINCO: El amor

Con dinero: Un ramo de rosas. Una tarjeta regalo del Corte Inglés. Un regalo comprado a última hora. Un cena en un restaurante caro, sin mucha intimidad.

Sin dinero: Una poesía. Una tarjeta regalo canjeable por un masaje, un desayuno en la cama. Un regalo planeado con mucho tiempo, cuya preparación le hace saber a nuestra pareja lo mucho que la queremos. Una cena sencilla sólo para dos… y en casa, que es más cómodo para la sobremesa… (o la sobrecama o el sobresofá, ahí ya cada quién su vida).

SEIS: El humor

Con dinero: Un casete de chistes de Arévalo. Una máquina de hacer cosquillas. Un subida del Ibex 35.

Sin dinero: El coche que se caía a pedazos y en el que, en los días de lluvia, te mojabas más dentro que fuera. Las camisas perennes de mi marido, que, según las pruebas gráficas que tengo en mi poder -álbumes de fotos del año catapúm- ya eran viejas cuando nos conocimos (¡y ya son 10 años!) El día que nos recorrimos con la lengua de fuera 20 cajas del Carrefour para hacer la recarga del móvil que nos daba derecho a… ¡una fabulosa hamburguesa gratis del Burguer King! (en la compra de una bebida grande).

Hasta este momento no podíamos escoger. Teníamos dinero y nos comprábamos el casete de Arévalo. Pero la crisis nos ha liberado de ese yugo y podemos volver a “ser” antes que a “tener” . ¡Venga, anímense, únanse al desfile, suban a la carroza, sean los primeros en coger el látigo y echarse unas risas!

Y es que, como dice la canción mexicana, “con dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero”… La vida es bella, con crisis o sin ella.

Me han dado un toque por culpa de la última entrada. Que mucho Pollo Sueco y jajajá, qué risa, pero que además de hacerme la graciosa y hablar sobre las bondades de la vida sin (tanta) carne, debería aterrizar más la idea para no dejar a mis sufridos lectores a la deriva (y sin su fuente tradicional de proteína animal). Así que como ya les presenté al Pollo, ahora les traigo a algunos de sus más peligrosos secuaces:

1. Los Canelones Misteriosos: su relleno no se hace con carne picada ex profeso para ellos, sino con los restos triturados de los filetes y de cualquier carne que se haya cocinado durante la semana. Entre más variedad, mejor: nada iguala el sabor de los canelones hechos con carne de cordero que quedó del guisado de ayer, dos pedazos de pollo que no se comió el niño y un trozo del filete a la plancha de la que está a dieta, porque la próxima vez que los preparemos les pondremos otras cosas, jejeje. Y si no están muy a nuestro gusto, una capa generosa de bechamel y queso suele arreglar el estropicio.

2. Las Albóndigas Súper-Star: íntimas amigas de los Canelones Misteriosos, se compadecen de sus compañeras que se venden en packs de 12 listas para freír, porque ellas se ocupan de la carne que todavía no ha sido cocinada y que espera pacientemente dentro de la nevera su oportunidad de triunfar… bien condimentadas, con su miguita de pan remojada en leche para darles suavidad y una buena salsa están listas para ser disfrutadas por toda la familia. Y más baratas.

3. El Pollo-desencantado-de-las-matemáticas: ¿quién dijo eso de que el orden de los factores no altera el producto? Este Pollo se ríe de los ilusos que creen que es lo mismo Pollo con Arroz que Arroz con Pollo…

4. Las Costillas Señuelo: su misión es entretenerte lo suficiente intentando quitarles la carne que las rodea para que la señal de saciedad llegue a tu estómago y sólo comas lo que necesitas (bueno, y para que les dejes algo a los demás).

5. El Filete Fantasmagórico: Ahora lo ves, ahora no lo ves. Vuelta y vuelta en la sartén, porque su reducido grosor te permite cocinarlo en menos tiempo del que emplearías en un chuletón “de aquellos”.

6. La Ternera (y el cordero, y el pescado, y el pollo y el cerdo) Vergonzosa: se esconde sin remedio detrás de las patatas, zanahorias, guisantes y cualquier otra hortaliza que les haga compañía. Es que es es tan tímida…

7. El Cerdo de los 500 euros: sí, ése del que todos hablan pero nadie ve… para darle sabor a las lentejas, a los garbanzos, a los potajes pero siempre con mucha discreción, sin intentar convertirse en protagonista…

Y ya está. ¡Que aproveche bien aprovechado!

Primer acto: Se abre el telón y se ve llegar a mi madre del mercado, cargada de bolsas. Abre una de ellas, saca distintas verduras -repollo, calabacín, judías- y se dispone a preparar la comida. Pica las verduras y las va echando en una cacerola enorme, en la que ya hierve el agua.

Segundo acto: Hay un pollo con una toalla enrollada en la cabeza, leyendo una revista de cotilleos y con las patas metidas en la cacerola. Mi madre le echa alguna mirada, indiferente, mientras lava los platos. Mira el reloj, revuelve el contenido del perol, lo prueba y le dice al pollo que ya se puede ir. El pollo se sacude los restos de caldo y se marcha muy digno con rumbo desconocido.

Tercer acto: Llegamos del colegio a las 2 de la tarde, hambrientos y cansados, y sólo ver la olla, ya sabemos qué hay de comer… ¡Caldo de Pollo Sueco! (lo de sueco, por dos razones: estaba como en la sauna, sudando la gota gorda; y dos, se hacía el sueco, vamos, porque lo buscábamos sin encontrarlo).

Si esto fuera un chiste, en este momento debería preguntar ”¿cómo se llama la obra?”, pero es que no lo es, en absoluto. Es la pura verdad. Vale… nunca vimos al pollo con la toalla en la cabeza, pero nos lo imaginábamos -mis hermanas y yo todavía nos echamos unas risas a costa del tema- ya que del condenado bicho lo único que notábamos en el caldo era su sabor, porque la carne estaba desaparecida.

 

 

Mi madre dirá que soy una exagerada, y tiene razón. Alguna vez tocaba algo de pollo. Pero la mayor parte del tiempo nos tomábamos el caldito con un poco de arroz, y comíamos bastantes tortillas de maíz con aguacate y queso, para compensar. El pollo reaparecía misteriosamente al día siguiente en forma de relleno para tacos o de enchiladas suizas, con lo cual comíamos siete personas dos días con un solo pollo.

Una de las peculiaridades de la gastronomía española que me ha traído de cabeza desde la primera vez que me tuve que enfrentar a la responsabilidad de alimentar a otra persona además de mí -con mi bajo presupuesto- fue el concepto general de que una comida no estaba “completa” si no se utilizaba una buena pieza de carne para su preparación: buenos filetes, costillas, solomillos, lomos, muslos y pechugas, normalmente de segundo después de un primero de pasta, arroz o verdura. Los platos únicos “contundentes” son parte de la cocina típica de ciudades y pueblos de montaña y se reservan casi siempre al invierno.

¿Comemos demasiada carne en España? Los argentinos que yo conozco me dicen que no. Yo, por contra, encuentro su consumo excesivo, y no soy la única: hace algunos días la ONU recomendaba “reducir el consumo de carne para luchar contra el cambio climático“. El plan era dejar de comer carne una vez por semana, como si estuviéramos en cuaresma.

El cambio climático me preocupa porque prefiero ser yo la que lleve a mis hijas a la playa en lugar de que el mar llegue hasta mi ventana si se descongelan los polos (suena catastrofista, pero hay que ser positivos dentro del desastre: ¿subirá la plusvalía de mi piso si digo que tendrá “vistas al mar” dentro de 25 años?), así que sólo por eso ya sería una buena idea seguir las recomendaciones de la ONU. Pero yo voy más allá: deberíamos consumir menos carne porque

1) reduciendo su consumo reducimos también enfermedades asociadas a éste (colesterol, triglicéridos, obesidad)

2) comiendo menos carne, nos ahorramos una pasta (el solomillo en Mercadona, a 29 euros el kilo… sin comentarios)

3) y por último, y sobre todo, ¡¡¡¡porque no nos hace falta comer tanta carne, no nos vamos a morir, no nos vamos a desnutrir, no se nos va a caer el pelo, no vamos a estar bajos en hierro!!! Y esto lo sé de primera mano: mis hermanos, mis padres, yo y muchos millones de personas más en el mundo hemos sobrevivido -y seguimos así- comiendo carne en pocas cantidades y utilizando otras fuentes de proteína -como los huevos y las legumbres- para conseguir el aporte necesario para estar sanos, fuertes y hermosos (y algunos, hermosotes). Vamos, que mi teoría es que aquí comemos (mucha) carne porque estamos acostumbrados, no porque de verdad nos haga falta.

En México comemos carne: deliciosas carnitas de cerdo, carne a la tampiqueña, mole, tamales… siempre acompañadas de arroz, patatas, frijoles y maíz (en forma de tortillas, o de masa), excelentes hidratos de carbono que sacian el hambre del comensal más tragón -que yo conozco varios- sin necesidad de cada uno se tenga que llevar un filete de 20 centímetros de largo y dos de grueso a la boca. Como dicen por allá cuando viene un invitado, “échale más agüita a los frijoles, para que alcance”… La proverbial hospitalidad mexicana se vería en apuros -como me he visto yo aquí más de una vez- si tuviéramos las piezas de carne contadas y se presentara alguien sin avisar (como pasa siempre en México, por otro lado).

¿Que nos gusta la carne? Pues vale, chuletón de Ávila al canto el domingo y fiestas de guardar, vamos, quién soy yo para decir cómo tiene que comer cada uno. Pero con lo achuchada que está la cosa, no estaría de más que desempolváramos nuestros viejos recetarios regionales en donde la carne aparece más como estrella invitada que como protagonista indiscutible. Carne sí, proteínas también, pero en las cantidades justas (y es que, según dicen los dietistas, no deberíamos consumir un filete mayor a la palma de la mano en cada comida… y está claro que esa cantidad la sobrepasamos con frecuencia).

Yo por si acaso ya voy preparando la toalla, el Hola, y si me apuran mucho, hasta el set de manicura. Porque si las cosas siguen como hasta -y todo tiene pinta de que así será, y aún peor- significará que el Pollo Sueco, ese viejo conocido de mi infancia, ha regresado esta vez para quedarse…

Mis hijas se me parecen tanto, tanto, que la gente -que no conozco de nada- me para por la calle y me dice con frecuencia “hombre, está claro que son tuyas, tú sí que estás segura de que no te las cambiaron en el hospital”…

Dejando de lado el hecho de que, efectivamente, no me las pudieron haber cambiado en el hospital -más que nada porque no las perdimos de vista ni un segundo desde el momento en que nacieron, ya que nadie nos dio el resguardo y a lo mejor luego no me dejaban salir con ellas en brazos siendo mías- está la fuerte sospecha de que las dos sabían qué clase de madre iban a tener. Una domadora. Así que, para empezar, tanto una como la otra nacieron en rebajas (una de invierno y la otra de verano) y las dos han tenido la delicadeza -de momento- de ahorrarme dinero en pañales y cremas caras (nos apañamos con marcas blancas), leche de bote (porque una de ellas tomó leche materna hasta los 8 meses y luego se pasó a la marca de leche artificial más barata… y la pequeña no se ha tomado un biberón en su vida, ni parece que lo vaya a hacer), comida especial para bebés (porque son unas tragonas de cuidado, pero comen lo mismo que nosotros) y, sobre todo, en medicamentos, porque tengo la suerte de que casi no se enferman y una vez hasta tuve que tirar el Apiretal, porque me había caducado…

De cualquier forma, los bebés en general generan poco gasto comparado con el que tendrán cuando sean mayores. Yo todavía no noto demasiado el gasto de la pequeña, salvo en los pañales -me ha pillado tarde para subirme al carro de los pañales de tela, qué lastima-, pero con la mayor es otro cantar. Es entrar al cole y el presupuesto se te descompensa: matrícula, libros, uniforme, chándal, zapatos, útiles escolares, mochila… y todo esto de un solo golpe en el peor mes del año para hacer esos gastos, justo volviendo de unas largas -y despilfarradoras- vacaciones…

Yo no tengo la fórmula secreta para evitar ese sablazo, salvo guardar una buena parte de la paga extra de verano en el fondo del congelador y no volver a acordarse de ella hasta volver de la playa, pero sí se me ocurren algunas estrategias para amortiguar el golpe y, de paso, educar a nuestros hijos en un consumo responsable más acorde con los tiempos que vivimos. Así que… ahí les voy:

 

O todos coludos o todos rabones

No conozco a ningún niño al que le gusten los uniformes, pero a las madres nos vienen de vicio para no quebrarnos la cabeza por las mañanas y para ahorrarnos una buena cantidad de dinero en ropa. En muchos colegios el uniforme es obligatorio y los precios de las prendas son escandalosos, así que poco se puede hacer. Pero aún llevando a los niños a un colegio sin uniforme oficial, podemos hacerles un uniforme que nos haga la vida más fácil y, sobre todo, que se ajuste a nuestro gusto y a nuestro presupuesto.

Yo con la mayor la tengo fácil: en rebajas me voy al Kiabi/Zara/Carrefour y le cojo 3 pantalones vaqueros “de batalla” (nada fashion, sin adornos, sin pinzas y por supuesto, muuy baratos), otros 2 pantalones de pana/algodón, dependiendo de la temporada, 2 chándals, 8 camisetas de igual diseño y de colores variados, una zapatillas de deporte y dos pares de zapatos, y un paquete de calcetines y bragas. Y arreando. Con eso tengo bastante no sólo para el cole, sino para los fines de semana (en los que a lo mejor cae otra prenda más bonita como un vestido, una falda o un pichi, pero eso casi siempre de regalo de los abuelos o tíos). Me gasto poco y sufro menos para elegir. Mi hija está conforme y va siempre cómoda. Y lo mejor es que, como todo es combinable, si se mancha la blusa se pone otra parecida sin cambiarse el pantalón, y viceversa. Más práctico imposible.

Y el sistema me gusta tanto que he empezado a utilizarlo también para mí. Me hago un guardarropa básico diario y ya no tengo que pensar qué ponerme por las mañanas (bueno, estos días después del desenfreno alimenticio de las vacaciones la dificutad no es tanto qué me gusta como qué me queda). Y eso tiene la ventaja añadida de que, si me quiero poner mona, la ropa “de salir” no la tengo tan sobada…

 

El desayuno y la merienda: ahorrar y nutrir

Los médicos se cansan de repetirnos que el desayuno es la comida más importante del día, que los niños necesitan tomar una buena alimentación antes de irse al colegio, y no les quito la razón, pero me hago cargo de que es difícil embutirle cereales, lácteos y frutas a un niño legañoso en pijama mientras nos tomamos un café con prisas y miramos el reloj cada dos minutos. Se nos hace tan difícil que solemos darles bollería industrial, cereales de caja o galletas con un poco de leche. Y si no se lo comen, intentamos que se lo lleven al colegio, para que ahí por lo menos “coman algo”.  Nutricionalmente esta opción no es la más adecuada, pero económicamente, además, resulta nefasta: los bollicaos y los chococrispis -y todos sus parientes cubiertos de miel o chocolate- son un atraco a mano armada.

Entre que coman un bollicao y que no coman nada, yo prefiero que no coman nada, especialmente porque muchos niños -y adultos- son incapaces de comer nada recién levantados (salvo quizás un vaso de leche). Mejor enviarlos al cole con un bocadillo -que se puede dejar congelado la noche anterior, para ahorrar tiempo: les garantizo que sabe bien- y un trozo de queso, o un tupper con fruta en trozos, o frutos secos, y que sea su estómago el que decida más tarde.  Porque lo que sí está claro es que si les llenamos la barriga de chocolate y crema luego no habrá espacio para más, especialmente si luego tenemos un sanísimo pero poco deslumbrante plato de verduras para comer. Que no se nos olvide que el mejor condimento es el hambre…

Como tampoco hay que pasarse de estoicos, podemos pactar con nuestros hijos un momento “bollicao” semanal para la merienda. De lunes a jueves la merienda de mis hijas es yogur con fruta, bocadillo y zumo (natural, porque me han salido finas… la mayor ya se ha encargado de informarme de que el zumo tiene que estar recién hecho porque si no se le van las vitaminas). Los viernes nos compramos -yo incluida- pastelitos, donuts, empanadillas, patatas fritas, ensaimadas o palmeras de chocolate. Sin complejos y sin culpas. Siempre les pregunto y las dejo decidir (la pequeña no habla, pero decidir, ¡vaya que decide!) y todos felices. Y así salvaguardo su nutrición -y mi bolsillo- sin demasiado esfuerzo. Cabe decir que los fines de semana guarrean un poquillo con las meriendas, pero como ésas las paga mi suegra yo me hago la sueca…

Ah, y un último consejo: no hay que tener al enemigo en casa. Si no queremos que nuestros hijos coman guarrerías, mejor no tenerlas en la nevera o en la despensa, porque es muy difícil negarnos a darles algo que sabemos objetivamente que está ahí. Y si no hay, no hay, ellos no pueden salir a comprarlas (nosotros sí, así que si se nos antoja algo siempre podemos sopesar si vale la pena vestirnos y bajar al Mercadona para comernos un pastelito). Ojos que no ven, corazón que no siente…

 

Lápices, colores, gomas de borrar y demás sumideros de pasta

No sé cómo nos lo montamos, pero todos los años, allá por octubre, a mi hija mayor le empiezan a faltar útiles escolares. De pronto, de ese bonito estuche que primorosamente hemos preparado a principio de curso empiezan a desaparecer lápices y gomas como si fueran hojas secas que se caen de un árbol en otoño (o mejor, como si fueran dientes ansiosos de que el ratoncito Pérez los convierta en perlas). Muy poético, pero no me hace la menor gracia. Los de la papelería se deben cachondear de mí cada vez que entro a comprar un lápiz OTRA VEZ. Y luego, cuando no hacen falta, me encuentro colores debajo del sofá, en la cocina, en la caja de los juguetes y en el baño. Vamos, la ley de Murphy.

Pues que Murphy se apañe como pueda, porque ya estoy cansada de gastar más de lo debido en útiles escolares (y sobre todo, de perder tiempo buscando algo que mi hija debería tener siempre disponible). Así que me he agenciado una caja de zapatos y ahí han ido a parar todos los útiles que me he ido encontrando durante la limpieza de verano.

Como el caos planea amenazadoramente sobre mi cabeza, se me ocurre que esta vez separemos los útiles de la escuela de los de la casa. Es decir: los colores del cole para el cole, siempre en su estuche y sin salir de la mochila; los de la casa -para hacer dibujos, deberes y anotaciones- en la cajita de cartón. Por lo menos así me aseguro de que mi hija siempre tenga un lápiz disponible para hacer los ejercicios en clase… vamos a ver cuánto nos dura.

 

No logo, no problem

No sé si esto tendrá mucho que ver con el tema del ahorro en el cole, pero no puedo pasarlo por alto porque creo que es un tema que nos afecta a nosotros y a nuestros hijos por igual: la “marquitis” aguda.

Somos presas fáciles de la mercadotecnia. Los anuncios nos asaltan en la tele, en la calle, en el metro y los autobuses. No podemos escapar. Nos bombardean continuamente con las bondades de tal y cual producto, nos mienten, nos confunden y, sobre todo en el caso de los productos para niños, intentan hacernos sentir culpables para que los compremos, “porque un padre que quiere lo mejor para su hijos, les da siempre XYZ”.

Mentira cochina. Un padre que quiere lo mejor para sus hijos los llena de amor, de cuidados, de besos y de cuentos para dormir. Una madre que quiere lo mejor para sus hijos los alimenta, los acompaña, los viste, los ayuda a crecer y los escucha. Y luego, dependiendo del presupuesto que cada uno tenga, les compra una marca u otra de pañales, un juguete más o menos caro, unos vaqueros de mercadillo o unos de boutique. Qué más dará. Nuestros hijos no nos van a querer por lo que les compremos, aunque eso sea lo que los anunciantes nos quieran hacer creer.

Y al final de cuentas, para qué querremos marcas, si la etiqueta es lo primero que les quitamos de la ropa, porque les pica…

Sí, ésa soy yo, admito mi culpa. Doña Euralia Alcancía, la del blog ese gracioso de economía doméstica se quedó como todo mundo al final del verano: sin un duro en el bolsillo.

Qué se le va a hacer. Las vacaciones fueron demasiado largas, una oportunidad tras otra de gastar a manos llenas. En México la comida es barata -en el súper- pero se sale a comer fuera con bastante frecuencia. Y luego está el tema de las compras en general y los souvenirs -en su mayor parte comestibles- que nos hicieron regresar a España con más maletas que la Piquer…

Pero ha llegado septiembre, y con él la cruda vuelta a la realidad: alimentos más caros, libros de texto, uniformes, gastos de transporte, en fin, la situación perfecta cuando, con el bronceado todavía a punto para presumir con los compañeros de la oficina, nos encontramos con un agujero negro -negrísimo- en la cuenta corriente. Y del cerdito, mejor ni hablamos…  

Hombre, también podríamos organizar las cosas de manera que nos tocara comprar los libros y los uniformes antes de fundirnos la paga extra de verano… o proponer que septiembre se intercambiara el número de días con febrero, para que no se nos hiciera tan largo, pero no veo yo a nuestros diputados por la labor teniendo otras muchas tonterías pendientes qué discutir. Así que nada, nos toca coger el látigo para poner al pobre euro a hacer cabriolas una vez más.

De momento, y como en el cole, dejemos esta semana para ir aclimatándonos y que podamos retomar nuestros esfuerzos donde los dejamos; desempolvemos nuestro cuaderno para apuntar gastos, saquemos la bolsa para guardar tickets y con calma empecemos a trabajar el menú. Todavía hace calor para potajes, pero pronto nos llegará el otoño y con él la oportunidad de hacer comidas sanas, contundentes y, sobre todo, baratas, muy baratas.

Pues nada, que ya estoy -estamos- de vuelta. Y para desgracia de todos, y tal como pinta la cosa, aquí me quedaré muucho rato… así que pónganse cómodos…

Pues sí, señores y señoras, mañana me voy por fin de vacaciones a México. Hechas ya las maletas (con los años he ido perfeccionando la técnica y cada vez llevamos menos cosas a pesar de haber aumentado la familia) sólo me queda esperar a presentarme dos horas y media antes de mi vuelo en el aeropuerto para que los amables guardias de seguridad puedan revisarme de arriba a abajo sin ningún apuro. Me fastidia un montón esta vez tener que pasar por el aro y verme obligada a comprar el agua en las tiendas del aeropuerto a precio de oro (ya que está prohibido introducir líquidos en envases de más de 100 mililitros y ninguna botella es de ese tamaño, creo yo), pero bueno, intentaremos compensar el despilfarro de alguna manera durante el resto del viaje.

No me queda más que recomendarles que se porten bien, que sean buenos, que no se fundan toooda la paga extra este mes (¿o llego ya demasiado tarde?) y sobre todo, que intenten no dejarse llevar por los cantos de sirena de las rebajas. Todo al 50 por ciento de descuento, todo al 60, todo al 70… y al final terminamos (otra vez) con los armarios llenos de cosas muuy baratas que no necesitamos.

A continuación unos breves consejos para irnos de cacería a la selva de las rebajas:

1. Es hora de mirar nuestro armario, probarnos aquella ropa que lleva colgada 3 años y ver si todavía nos vale (al probarnósla y ver cómo nos queda tal vez recordemos de pronto por qué es que no nos la hemos puesto en todo este tiempo). Fuera todo lo que no nos sirve, hay contenedores en las calles para ropa usada (o se puede donar a Cáritas).

2. De lo que nos queda, nos gusta y nos sienta bien hay que ver lo que se puede combinar y hacer una lista (como la de la compra) con las cosas que necesitaremos según nuestros gustos y nuestro estilo de vida. Incluir complementos y ropa interior. Es importante establecer un presupuesto orientativo para no excedernos en el gasto.

3. Con la lista en la mano, hay que hacer una primera visita al centro comercial de nuestra preferencia sin comprar para ver si encontramos en diferentes tiendas alguna cosa que nos pueda servir (reconozco que este paso hubiera sido mejor darlo ANTES de las rebajas, pero este verano ya nos ha pillado el toro).

4. Compra primero lo que tienes en la lista (que será tu fondo de armario) mientras todavía puedas escoger tallas y colores. Intenta cubrir primero lo que llevas anotado antes de dejarte caer en la tentación de pagar una buena cantidad por un artículo “de tendencia” (de esos que pasan de moda en una temporada). Para esos ya habrá tiempo (a mediados de agosto las tiendas rematan las prendas de colores estridentes o escotes imposibles).

5. Aprendamos a distinguir un chollo de una simple rebajilla. La emoción del momento nos puede cegar y convencernos de que aquello que tenemos entre manos es “baratísimo”. Recuerda: si lo necesitas y tiene un buen descuento, entonces es un chollo; si no lo necesitas, aunque salga más barato al final habrás gastado tu dinero en balde. Eso sí, si damos con algún chollo irrepetible (un 70 u 80 por ciento de descuento en una prenda que nos encante, aunque no esté en la lista) adelante, no dejemos pasar la oportunidad; pero en general es mejor no comprar lo primero que vemos sobre todo si la tienda en cuestión tiene una política de devolución poco generosa (como las que te regresan el importe con un vale, por ejemplo).

Bueno, ya veo que no fueron tan breves (me cuesta mucho ser breve, porque hablar y escribir son gratis, jajaja). A lo mejor me equivoco, pero creo que este año habrá muchos más chollos de los habituales. Los fabricantes de ropa no han vendido nada hasta prácticamente finales de junio y tienen las bodegas hasta las cejas de mercancía. La gente no tiene pasta, pero algo se tiene que poner (sobre todo los niños, a los que la ropa del año pasado no les vale). Mi pronóstico es que la gente se moderará en el consumo a pesar de las ofertas durante este mes y los fabricantes intentarán a toda costa vender su género a precio de saldo para quitarse el stock de encima. Vamos, que cuando regrese de mi viaje a lo mejor todavía encuentro mucha ropa para comprar muy rebajada (a diferencia de otros años en los que en agosto las tiendas ya estaban muy peladillas). En fin, eso es lo que creo (o lo que me conviene creer…)

¡Felices vacaciones y felices rebajas!

(Y si tenemos suerte, la próxima crónica la escribiré desde el otro lado del charco… )

Tanto fútbol en junio nos ha dejado turulatos, la verdad. Estos días parecía que no había crisis (bueno, ni desaceleración económica, ni dificultades objetivas, ni cualquier otro eufemismo para designar este período que se caracteriza por no llegar a fin de mes aunque acabemos de cobrar la nómina), la cerveza ha corrido a raudales y todos estábamos muy contentos (bueno, a mí ni fu ni fa, que a mí me interesa el fútbol lo mismo que el ciclo de reproducción de las amebas. Bueno, pensándolo bien, lo de las amebas puede tener su morbo…) En fin, que mal que bien la Selección se trajo la Eurocopa al grito de “Podemos” (alguien se habrá quejado del cavernícola “A por ellos” de la vez pasada…), así que a nosotros ahora con la resaca de la celebración nos tocara hacer lo mismo: mucho lavado de cerebro y mucha estrategia para sobrevivir a la crisis…

Recemos a quien sepamos y encomendémos al santo de nuestra devoción: Santa Austeridad, Santa Marca Blanca, San Seacabaron Lasterracitas, San Cinturón Apretado… (casi cualquiera nos vale, salvo San Gastón) porque este mes de julio que asoma la patita viene muy cargadito de malas noticias económicas…

!Sí, sí podemos!

…con la subida del Euríbor y de los tipos de interés (gulp!)

…con el aumento de entre el 6 y el 7 por ciento en la factura de la luz (que Dios hizo la luz sin cobrar, pero vinieron otros a poner contadores al séptimo día, aprovechando que libraba)

…con la subida imparable de los precios de los alimentos básicos

…con la llegada de las vacaciones, y con ella, de los gastos extra que se comerán toda la paga ídem?

¿Lograremos alcanzar el día 8 (para, por lo menos, llegar a cuartos como siempre ha hecho la Selección)? ¿Al día 15? ¿Nos habremos comido el presupuesto del mes antes del 22? ¿Podremos jugar “la final” el día 31 de julio? ¿Haremos como Iker para parar todos los gastos innecesarios que se nos quieran colar este mes? Demasiadas interrogantes y 31 días todavía para despejarlas. Hagan sus apuestas, señores, y cuenten aquí qué es lo que tienen planeado para sobrevivir a este mes de julio…

Yo por mi parte me voy del país. Así aunque me suban la luz no se notará mucho en la factura, porque me dejaré todas las luces apagadas… bueno, eso, y que pienso comer de gorra en casa de mi madre.

Y tú, ¿qué vas a hacer para llegar a la final?

Euralia Alcancía

 

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