Mis hijas se me parecen tanto, tanto, que la gente -que no conozco de nada- me para por la calle y me dice con frecuencia “hombre, está claro que son tuyas, tú sí que estás segura de que no te las cambiaron en el hospital”…
Dejando de lado el hecho de que, efectivamente, no me las pudieron haber cambiado en el hospital -más que nada porque no las perdimos de vista ni un segundo desde el momento en que nacieron, ya que nadie nos dio el resguardo y a lo mejor luego no me dejaban salir con ellas en brazos siendo mías- está la fuerte sospecha de que las dos sabían qué clase de madre iban a tener. Una domadora. Así que, para empezar, tanto una como la otra nacieron en rebajas (una de invierno y la otra de verano) y las dos han tenido la delicadeza -de momento- de ahorrarme dinero en pañales y cremas caras (nos apañamos con marcas blancas), leche de bote (porque una de ellas tomó leche materna hasta los 8 meses y luego se pasó a la marca de leche artificial más barata… y la pequeña no se ha tomado un biberón en su vida, ni parece que lo vaya a hacer), comida especial para bebés (porque son unas tragonas de cuidado, pero comen lo mismo que nosotros) y, sobre todo, en medicamentos, porque tengo la suerte de que casi no se enferman y una vez hasta tuve que tirar el Apiretal, porque me había caducado…
De cualquier forma, los bebés en general generan poco gasto comparado con el que tendrán cuando sean mayores. Yo todavía no noto demasiado el gasto de la pequeña, salvo en los pañales -me ha pillado tarde para subirme al carro de los pañales de tela, qué lastima-, pero con la mayor es otro cantar. Es entrar al cole y el presupuesto se te descompensa: matrícula, libros, uniforme, chándal, zapatos, útiles escolares, mochila… y todo esto de un solo golpe en el peor mes del año para hacer esos gastos, justo volviendo de unas largas -y despilfarradoras- vacaciones…
Yo no tengo la fórmula secreta para evitar ese sablazo, salvo guardar una buena parte de la paga extra de verano en el fondo del congelador y no volver a acordarse de ella hasta volver de la playa, pero sí se me ocurren algunas estrategias para amortiguar el golpe y, de paso, educar a nuestros hijos en un consumo responsable más acorde con los tiempos que vivimos. Así que… ahí les voy:
O todos coludos o todos rabones
No conozco a ningún niño al que le gusten los uniformes, pero a las madres nos vienen de vicio para no quebrarnos la cabeza por las mañanas y para ahorrarnos una buena cantidad de dinero en ropa. En muchos colegios el uniforme es obligatorio y los precios de las prendas son escandalosos, así que poco se puede hacer. Pero aún llevando a los niños a un colegio sin uniforme oficial, podemos hacerles un uniforme que nos haga la vida más fácil y, sobre todo, que se ajuste a nuestro gusto y a nuestro presupuesto.
Yo con la mayor la tengo fácil: en rebajas me voy al Kiabi/Zara/Carrefour y le cojo 3 pantalones vaqueros “de batalla” (nada fashion, sin adornos, sin pinzas y por supuesto, muuy baratos), otros 2 pantalones de pana/algodón, dependiendo de la temporada, 2 chándals, 8 camisetas de igual diseño y de colores variados, una zapatillas de deporte y dos pares de zapatos, y un paquete de calcetines y bragas. Y arreando. Con eso tengo bastante no sólo para el cole, sino para los fines de semana (en los que a lo mejor cae otra prenda más bonita como un vestido, una falda o un pichi, pero eso casi siempre de regalo de los abuelos o tíos). Me gasto poco y sufro menos para elegir. Mi hija está conforme y va siempre cómoda. Y lo mejor es que, como todo es combinable, si se mancha la blusa se pone otra parecida sin cambiarse el pantalón, y viceversa. Más práctico imposible.
Y el sistema me gusta tanto que he empezado a utilizarlo también para mí. Me hago un guardarropa básico diario y ya no tengo que pensar qué ponerme por las mañanas (bueno, estos días después del desenfreno alimenticio de las vacaciones la dificutad no es tanto qué me gusta como qué me queda). Y eso tiene la ventaja añadida de que, si me quiero poner mona, la ropa “de salir” no la tengo tan sobada…
El desayuno y la merienda: ahorrar y nutrir
Los médicos se cansan de repetirnos que el desayuno es la comida más importante del día, que los niños necesitan tomar una buena alimentación antes de irse al colegio, y no les quito la razón, pero me hago cargo de que es difícil embutirle cereales, lácteos y frutas a un niño legañoso en pijama mientras nos tomamos un café con prisas y miramos el reloj cada dos minutos. Se nos hace tan difícil que solemos darles bollería industrial, cereales de caja o galletas con un poco de leche. Y si no se lo comen, intentamos que se lo lleven al colegio, para que ahí por lo menos “coman algo”. Nutricionalmente esta opción no es la más adecuada, pero económicamente, además, resulta nefasta: los bollicaos y los chococrispis -y todos sus parientes cubiertos de miel o chocolate- son un atraco a mano armada.
Entre que coman un bollicao y que no coman nada, yo prefiero que no coman nada, especialmente porque muchos niños -y adultos- son incapaces de comer nada recién levantados (salvo quizás un vaso de leche). Mejor enviarlos al cole con un bocadillo -que se puede dejar congelado la noche anterior, para ahorrar tiempo: les garantizo que sabe bien- y un trozo de queso, o un tupper con fruta en trozos, o frutos secos, y que sea su estómago el que decida más tarde. Porque lo que sí está claro es que si les llenamos la barriga de chocolate y crema luego no habrá espacio para más, especialmente si luego tenemos un sanísimo pero poco deslumbrante plato de verduras para comer. Que no se nos olvide que el mejor condimento es el hambre…
Como tampoco hay que pasarse de estoicos, podemos pactar con nuestros hijos un momento “bollicao” semanal para la merienda. De lunes a jueves la merienda de mis hijas es yogur con fruta, bocadillo y zumo (natural, porque me han salido finas… la mayor ya se ha encargado de informarme de que el zumo tiene que estar recién hecho porque si no se le van las vitaminas). Los viernes nos compramos -yo incluida- pastelitos, donuts, empanadillas, patatas fritas, ensaimadas o palmeras de chocolate. Sin complejos y sin culpas. Siempre les pregunto y las dejo decidir (la pequeña no habla, pero decidir, ¡vaya que decide!) y todos felices. Y así salvaguardo su nutrición -y mi bolsillo- sin demasiado esfuerzo. Cabe decir que los fines de semana guarrean un poquillo con las meriendas, pero como ésas las paga mi suegra yo me hago la sueca…
Ah, y un último consejo: no hay que tener al enemigo en casa. Si no queremos que nuestros hijos coman guarrerías, mejor no tenerlas en la nevera o en la despensa, porque es muy difícil negarnos a darles algo que sabemos objetivamente que está ahí. Y si no hay, no hay, ellos no pueden salir a comprarlas (nosotros sí, así que si se nos antoja algo siempre podemos sopesar si vale la pena vestirnos y bajar al Mercadona para comernos un pastelito). Ojos que no ven, corazón que no siente…
Lápices, colores, gomas de borrar y demás sumideros de pasta
No sé cómo nos lo montamos, pero todos los años, allá por octubre, a mi hija mayor le empiezan a faltar útiles escolares. De pronto, de ese bonito estuche que primorosamente hemos preparado a principio de curso empiezan a desaparecer lápices y gomas como si fueran hojas secas que se caen de un árbol en otoño (o mejor, como si fueran dientes ansiosos de que el ratoncito Pérez los convierta en perlas). Muy poético, pero no me hace la menor gracia. Los de la papelería se deben cachondear de mí cada vez que entro a comprar un lápiz OTRA VEZ. Y luego, cuando no hacen falta, me encuentro colores debajo del sofá, en la cocina, en la caja de los juguetes y en el baño. Vamos, la ley de Murphy.
Pues que Murphy se apañe como pueda, porque ya estoy cansada de gastar más de lo debido en útiles escolares (y sobre todo, de perder tiempo buscando algo que mi hija debería tener siempre disponible). Así que me he agenciado una caja de zapatos y ahí han ido a parar todos los útiles que me he ido encontrando durante la limpieza de verano.
Como el caos planea amenazadoramente sobre mi cabeza, se me ocurre que esta vez separemos los útiles de la escuela de los de la casa. Es decir: los colores del cole para el cole, siempre en su estuche y sin salir de la mochila; los de la casa -para hacer dibujos, deberes y anotaciones- en la cajita de cartón. Por lo menos así me aseguro de que mi hija siempre tenga un lápiz disponible para hacer los ejercicios en clase… vamos a ver cuánto nos dura.
No logo, no problem
No sé si esto tendrá mucho que ver con el tema del ahorro en el cole, pero no puedo pasarlo por alto porque creo que es un tema que nos afecta a nosotros y a nuestros hijos por igual: la “marquitis” aguda.
Somos presas fáciles de la mercadotecnia. Los anuncios nos asaltan en la tele, en la calle, en el metro y los autobuses. No podemos escapar. Nos bombardean continuamente con las bondades de tal y cual producto, nos mienten, nos confunden y, sobre todo en el caso de los productos para niños, intentan hacernos sentir culpables para que los compremos, “porque un padre que quiere lo mejor para su hijos, les da siempre XYZ”.
Mentira cochina. Un padre que quiere lo mejor para sus hijos los llena de amor, de cuidados, de besos y de cuentos para dormir. Una madre que quiere lo mejor para sus hijos los alimenta, los acompaña, los viste, los ayuda a crecer y los escucha. Y luego, dependiendo del presupuesto que cada uno tenga, les compra una marca u otra de pañales, un juguete más o menos caro, unos vaqueros de mercadillo o unos de boutique. Qué más dará. Nuestros hijos no nos van a querer por lo que les compremos, aunque eso sea lo que los anunciantes nos quieran hacer creer.
Y al final de cuentas, para qué querremos marcas, si la etiqueta es lo primero que les quitamos de la ropa, porque les pica…